Colonialismo mental: cómo los candidatos te dicen lo que querés escuchar

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Las redes sociales como elementos de validación emocional. Foto: Atlantic Ambience – Pexels

⏱️ Tiempo de lectura: 7 – 9 minutos

De la validación emocional a la dominación algorítmica: el nuevo rostro del colonialismo en las campañas políticas

En toda elección los candidatos contratan ejércitos de analistas para cartografiar tu malestar y devolvértelo empaquetado como promesa. No es casualidad: es la versión digital del colonialismo mental. Mientras crees que te escuchan, solo te están alquilando un espejo. La verdadera independencia mental —esa que tarda generaciones— exige romper el reflejo y tolerar la incomodidad de una verdad no solicitada.

Es de mañana, no muy temprano ni muy cerca del mediodía. Estamos circulando por agosto en Tucumán. Frío, nublado, gris; en definitiva, hermosos días de invierno. Te estoy imaginando ahí, frente a una taza humeante. ¿Es una taza especial? No, parece que no, porque antes de que tu infusión termine de entibiarse, ya desbloqueaste el celular tres veces. ¿Será ansiedad o será un ritual que se volvió costumbre? Y en la pantalla, como si alguien te hubiera leído el pensamiento —o mejor dicho, como si alguien hubiera programado un algoritmo para que leyera tu pensamiento—, aparece la frase exacta que cristaliza tu malestar: con esa persona (¡esa persona!), con tu pareja, o con el vecino, con el trabajo, con tu jefe o tu jefa… o con el gobierno, con tu cansancio por la inflación, con tu hartazgo hacia «la política» en mayúsculas. Todo aparece materializado por arte de magia en la pequeña pantalla.

Persona revisando smartphone con expresión de validación emocional
El algoritmo de las redes sociales está diseñado para ofrecer validación emocional inmediata, creando burbujas de confirmación que adormecen el pensamiento crítico. Foto: Kaboompics – Pexels

Sientes un alivio inmediato. Casi íntimo. Es tal cual como si alguien, por fin, te entendiera. Esa sensación de ser comprendido como si de magia se tratara es el primer y más efectivo anzuelo de la maquinaria contemporánea. Estás ante lo que Shoshana Zuboff llama «capitalismo de la vigilancia» —tal cual el título de su libro—: una economía que no solo observa tu comportamiento, sino que lo predice para luego poder modificarlo. El algoritmo te muestra lo que tu sesgo de confirmación ansía ver y escuchar; te muestran el mundo tal cual quieres que sea.

«los algoritmos no te muestran el mundo tal cual es. te muestran el mundo tal cual quieres que sea.»

Esa misma lógica es la que mueve las acciones de esos equipos contratados por los aspirantes a candidatos. Hay tres nombres que están por fuera de las estructuras partidarias y se los denomina «outsiders»: Daniel Adad, Jorge Brito (h), Dante Gebel. Un empresario de medios de comunicación, un banquero y un pastor evangélico —¡pon los fideos, estamos todos!— que, además de compartir el origen outsider, comparten el hecho de haber contratado analistas y especialistas en campañas políticas.

Se trata de equipos de analistas de datos, científicos sociales y expertos en redes. Pero no actúan como estrategas que proponen un rumbo. Actúan como ingenieros de la resonancia. Su tarea principal —como describe Giuliano Da Empoli en Los ingenieros del caos— es cartografiar el territorio de tu fatiga para que el candidato pueda devolvértela, pulida y empaquetada, como si fuera una promesa de novedad.

Da Empoli, periodista italiano que siguió de cerca a asesores como Steve Bannon y los estrategas digitales de Bolsonaro, lo explica diciendo: «No se trata de convencer, sino de activar emociones preexistentes». Los equipos de estos candidatos no te ofrecen un proyecto de país. Te alquilan un micrófono para que escuches tu propia voz ligeramente amplificada. Es una reducción brillante y peligrosa de la política a un mero servicio de validación emocional.

Pantallas mostrando análisis de datos y métricas de redes sociales
Los equipos de analistas utilizan big data y microtargeting para identificar miedos y fatigas sociales, activando emociones preexistentes en lugar de proponer ideas nuevas. Foto: Walls.io – Pexels

Es un fenómeno que se viene repitiendo en el cual el colonialismo mental muta y se actualiza en la era del capitalismo digital. Frantz Fanon, el psiquiatra martiniqueño que en Los condenados de la tierra describió cómo el colonizado internaliza los valores del colonizador, no podía imaginar las redes sociales cuando escribía esta obra en 1961. Pero su diagnóstico sigue vigente: la dominación más efectiva es la que se vuelve psicológica. Cuando los algoritmos —y los candidatos que los usan— te dicen únicamente lo que quieres escuchar, te encierran en un enclave cognitivo donde tus ideas se confirman y tu pensamiento crítico se adormece por falta de fricción.

Byung-Chul Han, en La sociedad del cansancio, escribe: «La libertad se transforma en coacción cuando uno mismo se explota creyendo que se realiza». Crees que eliges libremente qué leer, qué pensar, a quién votar. Pero esas elecciones fueron pre-diseñadas por algoritmos que mapearon tus sesgos confirmatorios. Como señala Eli Pariser en The Filter Bubble, las burbujas de filtro no son un efecto secundario: son el producto principal.

«la dominación más efectiva es la que se vuelve psicológica: cuando te dicen únicamente lo que quieres escuchar, tu pensamiento crítico se adormece por falta de fricción.»

El caos no se produce por falta de información, sino por el exceso de espejos que nos devuelven una imagen deformada pero reconfortante de nosotros mismos. La política deja de ser un espacio de construcción colectiva para convertirse en un spa para el ego herido. Y esta frase bien puede ser parte de esas metáforas que adornan un reel de Instagram, pero nada está más lejos de ser solo una metáfora: es una conclusión contundente respaldada por un estudio del Reuters Institute de 2023 que revela que el 67% de los usuarios de redes sociales en América Latina recibe noticias principalmente por algoritmos, no por búsqueda activa. Mientras que en Tucumán, según el Centro de Estudios de la Realidad Económica y Social (CERES) de la UNT, el 68% de los ciudadanos recibe información política principalmente por redes sociales.

Ngũgĩ wa Thiong’o, escritor keniano, publicó en 1986 Descolonizar la mente, donde analiza cómo el lenguaje impuesto coloniza el pensamiento. Hoy podríamos actualizar su tesis: los algoritmos son el nuevo lenguaje impuesto. No te obligan a pensar de una manera. Te hacen creer que piensas libremente mientras reproduces lógicas de dominación. Sé que suena muy fuerte y hasta te puede incomodar, pero es eso: son lógicas de dominación, pues lo que buscan es dominarte, tenerte manso/a y obediente.

Bob Marley cantando Redemption Song en concierto
Bob Marley en su canción ‘Redemption Song’ canta: ‘Emancípate de la esclavitud mental, porque nadie más que nosotros mismos puede liberar nuestras mentes’. Una profecía musical sobre el colonialismo mental que persiste generaciones después. Foto: Wikimedia Commons

Vamos al nudo de la cuestión. La preguntita —¿vieron cómo soy? puras preguntas— que me daba vueltas en la cabeza al comenzar a escribir y revisar los textos sobre los cuales apoyaría esta crónica: ¿por qué seguimos necesitando que otros —ya sean potencias extranjeras, candidatos o algoritmos— validen nuestras ideas? Judith Butler, en Vidas lloradas, nos recuerda que «la interdependencia no es lo opuesto a la autonomía, sino su condición de posibilidad». Necesitamos a otros. Pero eso no significa que debamos delegar en ellos nuestra capacidad de pensar. Martha Nussbaum, en Sin fines de lucro, defiende que la democracia requiere ciudadanos capaces de pensamiento autónomo, no consumidores de validación emocional.

La verdadera soberanía mental —esa independencia que tarda generaciones en llegar— comienza cuando decides romper ese espejo cómplice. El cuidado genuino y la interdependencia real no buscan la comodidad de la lisonja constante, sino que toleran la incomodidad necesaria de una verdad no solicitada.

«la verdadera soberanía mental comienza cuando decides romper el espejo cómplice y tolerar la incomodidad de una verdad no solicitada.»

La próxima vez que tu pantalla te ofrezca esa frase perfecta que confirma tu enojo (o tu placer), el acto revolucionario será apagarla un instante. Mirar por la ventana hacia la calle, con sus ruidos, sus contradicciones y su complejidad no curada por ningún algoritmo, es el primer paso para recuperar la propiedad de tu propia mente. Un estudio del Journal of Social and Clinical Psychology de 2018 demostró que limitar el uso de redes sociales a 30 minutos por día reduce significativamente la depresión y la soledad.

Hace unos cuatro años, en una clase de la facultad, la profesora pronunció un nombre que nunca antes había escuchado: Viktor Frankl. Nos contó la gestación de El hombre en busca de sentido. Debo decir fue uno de los más lindos descubrimientos que vino de la mano de una docente. Allí Frankl escribió que «la última libertad humana» es elegir nuestra actitud frente a las circunstancias. Esa libertad sigue estando a tu alcance. Pero requiere coraje. Requiere tolerar la fricción de lo distinto. Requiere dejar de ser el consumidor pasivo de tu propia validación para convertirte en el autor activo de tu pensamiento.

Persona mirando por la ventana con expresión reflexiva
Mirar por la ventana hacia la complejidad no curada por algoritmos es el primer paso para recuperar la soberanía mental. La verdadera independencia exige tolerar la fricción de lo distinto. Foto: Pexels

Es una mañana de agosto en Tucumán. Hace frío, está gris, el cielo nublado anuncia la llegada de esa llovizna cargada de deseos y recuerdos tan propia del Jardín de la República Argentina. En definitiva, es una hermosa mañana. En mi parlante suena Bob Marley cantando Redemption Song. Dice: «Emancípate de la esclavitud mental, porque nadie más que nosotros mismos puede liberar nuestras mentes». Era 1980 cuando Marley estrenó esta canción. Pasaron casi cuarenta y seis años y la profecía musical sigue vigente. Los candidatos, los outsiders y los otros, los algoritmos, las burbujas de filtro: todos son versiones actualizadas de la misma dominación colonial que arrancara en 1492. La diferencia es que ahora tienes el celular en la mano. Y con él, la posibilidad —o la responsabilidad— de elegir si quieres seguir siendo el eco de tu propio malestar o si te animas a pensar algo que nadie, ni el algoritmo ni el candidato, te va a decir: que la verdadera independencia duele, pero libera.

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