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El día en que el «decido creer» del estadio dejó de ser fe deportiva y se volvió frontera, o de la hipótesis de los datacenters que no fueron.
Nos enseñaron que el fútbol era opio y que la nube era magia, mientras la ley de tierras y data centers avanzaba en silencio. Esta crónica sigue el rastro de una bandera de Malvinas que salió del vestuario, frenó una ley en el Congreso y dejó una pregunta incómoda: ¿quién decide lo que creemos?
El 15 de julio, en un estadio de Estados Unidos, los jugadores argentinos desplegaron una bandera: «Las Malvinas son argentinas». Al día siguiente, en Buenos Aires, el oficialismo no consiguió el quórum para tratar la ley de tierras y data centers (esto último es mi hipótesis del pará que quieren las tierras) que ya tenía el futuro firmado, y durante semanas nadie supo explicar bien qué había pasado en el medio. Esta crónica intenta recorrer ese pasadizo: el que va de la suspensión de la incredulidad a la imposición de límites soberanos, porque entre un partido de fútbol y el artículo de una ley hay, a veces, menos distancia que entre un despacho y su sótano.
En 1817, el poeta inglés Samuel Taylor Coleridge escribió en su Biographia Literaria una fórmula que los críticos repiten desde entonces: esa «suspensión voluntaria de la incredulidad» que nos permite aceptar dragones, fantasmas y profecías con tal de que el cuento nos conmueva. No confundir con autoengaño, esa es otra cosa, esto es una especie de tregua. El lector, el espectador y el hincha aceptan por un rato que lo imposible es verdadero, y a cambio reciben eso que Coleridge llamo hermosamente; «fe poética». Todo el mundo sabe que el dragón no existe; todo el mundo acepta, por un rato, que sí.
Jorge Valdano, que además de jugar al fútbol lo pensó, lo dijo alguna vez con una frase que conviene llevar en el bolsillo: el fútbol es «lo más importante de lo menos importante». Es la definición perfecta de lo banal: un asunto que importa muchísimo sin reemplazar al pan, al agua ni al suelo. Por eso, cuando la selección le ganó 2 a 1 a Inglaterra, el país hizo lo que hace en cada Mundial: suspender la incredulidad y disfrutar el símbolo, mientras en las calles y en las redes circulaba, como contraseña, un grito de dos palabras: «decido creer». Se decidía creer en el equipo, en las señales, en las premoniciones; se decidía creer, por noventa minutos, que el destino de la patria podía leerse en una pelota.

Pero esta vez la tregua no terminó con el pitazo final. El pueblo argentino no suspendió la incredulidad: decidió creer, y hay una diferencia del tamaño de una república. Suspender es pausar la duda para disfrutar; decidir, en cambio, es producir un acto. Creer en el equipo era un juego; creer en la soberanía era ejercerla, y cuando el mismo grito que acompañaba a la pelota se posó sobre la bandera y sobre el suelo, lo banal se volvió real: el símbolo saltó del estadio a la realidad con la naturalidad con que el agua busca su nivel.
El pueblo no suspendió la incredulidad: decidió creer, y hay una diferencia del tamaño de una república.
De los sótanos del poder ya escribí en esta columna, en aquella crónica de fachadas y sótanos que el lector curioso puede releer; aquí alcanza con decir que el 16 de julio la ley que debía aprobarse no se aprobó, que el quórum se cayó como se caen los quórums cuando alguien apaga la luz, y que la cronología, que no prueba nada, lo sugiere todo: un día después de la bandera, el Congreso quedó sin aire.
Conviene bajar al subsuelo de este relato, porque el subsuelo no es una metáfora: es una nave industrial. Un centro de datos es, dicho sin eufemismos, un galpón lleno de servidores que se calientan como motores y que para no fundirse beben agua y electricidad en cantidades obscenas; la ONU ya advirtió que la inteligencia artificial amenaza los recursos naturales de miles de millones de personas. En Morgan County, Georgia, la congresista Alexandria Ocasio‑Cortez levantó ante las cámaras de una conferencia de prensa un frasco con el agua marrón que sale de las canillas desde que se instaló el centro de Meta; en Los Lunas, Nuevo México, sus habitantes explican frente a un cauce seco que ese mismo centro necesita 300 millones de litros de agua por año; en Aragón, España, pasa lo mismo: la región fue declarada en estrés hídrico y ya tiene un data center funcionando.
La nube no flota: pesa, bebe y ocupa territorio.

Aquí es donde el capítulo argentino de la ley de tierras se conecta con los data centers, y la cuestión deja de ser lejana y referencial para volverse muy cercana. La norma que estuvo a un quórum de aprobarse tenía nombres y apellidos, y entre esos figura el de Peter Thiel, ese capital tecnológico que no mira el mapa para sembrar soja sino para alojar la infraestructura física de la inteligencia artificial. El viejo debate preguntaba de quién era la tierra, si de argentinos o de extranjeros; el debate nuevo, el que esta crónica propone, pregunta para qué la quieren: no para producirla sino para enchufarla, y en esa diferencia cabe toda la soberanía que una nación puede perder sin disparar un solo tiro.
La pregunta ya no es de quién es la tierra: es para qué la quieren.

Y entonces vuelve la bandera, porque el estadio no es una segunda cámara: no delibera, amplifica. Es el multiplicador de un sentir, de un pensar y de un ser nacional; una caja de resonancia donde cada «decido creer» individual se vuelve, por un rato, una sola garganta. Cuando ese amplificador apuntó hacia el suelo, la fe deportiva se hizo programa y el símbolo se volvió costo político: el recorte posterior de la ley lo demuestra, porque nada de lo que comprometía la soberanía sobrevivió a los cortes, y si eso no es un límite soberano impuesto desde el único lugar donde el país todavía cree junto, se le parece bastante.
El estadio no delibera: amplifica.
No hay triunfo que festejar: la ley sigue respirando con su media sanción, la hidrovía —a modo de ejemplo— ya tiene dueño y los silencios continúan en su sótano, mientras la misma inteligencia artificial que en los tribunales de Estados Unidos paga por los libros que pirateó sigue buscando en el Sur el agua y el suelo que su nube necesita. Pero quedó una huella, y quedó una pregunta para la próxima vez que nos pidan creer en una nube mágica o en una tierra en venta: quién decide lo que creemos. Porque, antes de ser artificial, toda inteligencia es primero humana; y antes de ser mercancía, toda tierra es primero de alguien que decide creerla suya.
La suspensión de la incredulidad duró noventa minutos; el cimbronazo, varias sesiones. En el recorte de la ley todavía se lee la bandera.
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