El cuerpo sabe lo que la mente ignora

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La gran estafa de la mente racional nos convenció de que la vida es un problema a resolver. Pero hay una sabiduría anterior a Descartes, que vive en tu piel, en tu respiración, en tu sangre, el cuerpo sabe lo que la mente ignora.

Te propongo en este texto un viaje desde el dualismo cartesiano hasta la cosmovisión andina para recuperar lo que perdimos al separar el pensamiento del sentimiento; una invitación a dejar de resolver y empezar a experimentar.

A veces me detengo. No el cuerpo —ese sigue tecleando, conduciendo, cumpliendo—, sino la mente. Y tú, seguro en algún momento también, quizás de manera inconsciente también te detienes, pero, la detención es solo una fracción de segundo en la que el ruido de fondo se apaga y te quedas a solas con el silencio, ahí, flotando en el aire como un fantasma incómodo, aparece la pregunta: ¿qué estoy haciendo? 

«La mente es una herramienta maravillosa para construir puentes, pero es pésima para vivir»

Si a esta pregunta la dejas flotar un instante; Inmediatamente surge otra. Como si las fichas de dominó que ordenaste tan prolijamente en tu cabeza, para validar cada uno de tus esquemas y conductas, comenzaran a caer, una empujando a la otra haciendo resonar la segunda pregunta: ¿por qué me cuesta tanto sentir la respuesta?

Vivimos en una época que nos dio todas las herramientas para entender el mundo, pero, sin aviso, nos arrebataron las vías para sentirlo. Vivimos rodeados de dispositivos inteligentes: tu televisor, tu computadora, tu teléfono… o tu pulsera con la que puedes rastrear y hasta hackear tu sueño o monetizar tu pasatiempo, mientras las empresas te prometen descuentos si caminas lo suficiente. Todo bajo el espejismo de que así se resuelve la vida.

Porque esa es la gran promesa de nuestro tiempo ante el imperativo de que la vida es un problema, y tú eres la persona encargada de resolverlo. Pero hay algo que no encaja. Algo que se te atasca en el pecho cuando cierras los ojos. ¿Lo sientes? Ahí está. Has analizado, calculado, leído, escuchado, hecho listas de pros y contras. Has intelectualizado creyendo que esa es tu identidad, pero en realidad son solo viejos y corroídos mecanismos de defensa. Y, sin embargo, el mundo sigue sin tener sentido. O peor aún: tú sigues sin tener sentido dentro del mundo.

Este texto, intenta, explorar lo que nos pasa y sus raíces en lo que me atrevo a llamar la gran estafa de la mente racional. Se trata de cómo, quizás, la única forma de salir del laberinto sea dejar de intentar dibujar el mapa y empezar a caminar. Durante siglos, la cultura en la que vivimos nos impuso una idea seductora: que la verdad vive en la cabeza. Y ahí fuimos —no te dejaré solo en esta afirmación; vamos, todos juntos—, racionalizando todo, pidiendo perdón por aquellas veces que cedimos al instinto y nos entregamos a un desenfreno. Creímos que simplemente ‘dejábamos hablar al cuerpo’, pero acabamos entendiendo que tal frenesí era solo una engañosa disociación: el autoengaño de creer que la carne actuaba por sí sola, rompiendo por completo el equilibrio con la mente.

«Descartes fracturó el mundo al decidir que la mente y el cuerpo eran dos cosas distintas»

Esta idea es el legado de René Descartes, el filósofo que fracturó el mundo al proponer su dualismo, es decir, que la mente y el cuerpo eran dos sustancias distintas y que la mente, por supuesto, era la que mandaba. Desde entonces, nos hemos pasado la vida tratando de pensar nuestro camino hacia la felicidad, de razonar nuestra ansiedad, de domesticar (¿domeñar?) con lógica nuestra tristeza, de cometer desequilibrios, maltratándonos, porque el «equilibrio», pasó desapercibido. Pero dime sinceramente: ¿alguna vez has logrado pensar tu salida de un dolor emocional? ¿Alguna vez un análisis frío y distante te devolvió la paz?

La mente es una herramienta maravillosa. Es excelente para construir puentes, diseñar aplicaciones, organizar agendas o darle lugar al ego. Pero es pésima para vivir. Porque la mente solo conoce el pasado y el futuro; es una máquina del tiempo defectuosa que te arrastra constantemente hacia lo que ya fue o hacia lo que aún no llega. La mente ignora el presente.

El primer concepto que debemos dejar de lado es la epistemología —esa forma en la que creemos conocer la verdad—. Imagina que está rota, que se ha quebrado, que no podemos usarla. Creemos que para comprender algo hay que diseccionarlo; que para entender la vida, observarla desde afuera, como si fuéramos científicos mirando un insecto bajo el microscopio.

Pero la vida no es un insecto. Y tú, por más títulos que colecciones, no eres quien puede mirar por ese microscopio. Tú eres el insecto. Tú eres la hoja. Tú eres la tierra. No puedes comprender el mundo desde afuera, porque no estás afuera.

«Tú eres el insecto, la hoja, la tierra. No puedes comprender el mundo desde afuera porque no estás afuera»

Entonces, ¿qué hacemos? Si la mente no es el órgano supremo de la verdad, pero no debemos dejarla afuera ¿dónde reside la sabiduría? La respuesta es ancestral: reside en tu cuerpo. El cuerpo no engaña, no racionaliza, no te dice que «todo va a estar bien» cuando todo está mal. El cuerpo simplemente siente: se tensa, se relaja, se acelera, se aquieta.

El cuerpo es el territorio donde la verdad ocurre antes de que la mente tenga la oportunidad de manipularla. Escuchar lo que sientes no es un cliché de autoayuda; es un acto de rebeldía epistemológica. Es decidir que la información que llega a través de la piel, del estómago, del ritmo de tu respiración o de tu corazón, es tan válida —o más— que la que llega a través de un libro, una pantalla, la deducción o la inferencia.

Imagina esto: por una noche, dejas el teléfono en otra habitación. No hay notificaciones, no hay luz azul, no hay estímulos. Te sientas en la oscuridad, bajo la luz de la luna, o simplemente en el borde de tu cama. Y no haces nada. No meditas para lograr más productividad; no respiras para bajar tu ritmo cardíaco y rendir más al día siguiente. Simplemente te sientas. Dejas que el aire entre. Sientes el aire entrando. En el pecho. En el abdomen.

Y en ese espacio de quietud, donde la mente deja de hacer ruido porque no tiene nada a lo que aferrarse, el cuerpo empieza a hablar. Empiezas a escuchar lo que sientes. Y es ahí, en esa frontera silenciosa, donde el mundo deja de ser un acertijo para convertirse en una experiencia.

Pero este cambio de la mente al cuerpo no solo te reconecta con tu mismidad; te reconecta con todo lo demás. Hasta aquí el primer giro, pero el camino continúa. Hay una segunda vuelta: la forma en que te relacionas con el mundo que te rodea.

Cuando vives desde la mente, el mundo se vuelve un objeto; la naturaleza, un recurso; el tiempo, una mercancía, y las personas, medios para un fin. Es la trampa del antropocentrismo: la creencia arrogante de que el universo gira en torno a tu ego. Tu ego, esa voz potente que te repite que eres lo que tienes, lo que has conseguido o lo que los demás piensan de ti, y que no tienes conexión con la Fuente. La idea de que la Tierra está aquí para servirte.

«La Tierra no respira para ti. Respira contigo. No eres un observador aislado: eres parte de un tejido inmenso, antiguo y sagrado»

Piénsalo. ¿Cuántas veces te has preguntado: «¿Qué me puede dar esto?», «¿Qué me puede dar este trabajo?», «¿Qué me puede dar este lugar o esta persona?»? Es la lógica del «para nosotros»: el mundo existe para nuestro consumo, nuestro disfrute, nuestro progreso.

Pero cuando dejas de pensar la vida y empiezas a sentirla, ocurre un cambio de paradigma radical. Descubres que la Tierra no respira para ti, respira contigo. No es un recurso; es un organismo vivo del cual tú eres una célula. No estás sobre la naturaleza, estás inmerso en ella. Y cuando entiendes esto, la soledad existencial que a veces te aqueja empieza a disolverse, porque te das cuenta de que no eres un observador aislado en un planeta hostil. Eres parte de un tejido inmenso, ancestral y sagrado.

El tejido esta compuesto de reciprocidad: si cuidas, serás cuidado. No como una transacción comercial, sino como un abrazo o un baile. El obstáculo es el terror que te invade al pensar en soltar, la sensación de que tu psique se deshace si vuelves a confiar. La reciprocidad comienza cuando dejas de intentar dominar el río para empezar a flotar en él.

Sé que esto suena poético. Y quizás tu mente racional, esa que no se calla nunca, esté diciendo ahora mismo: «Sí, muy bonito, pero tengo que pagar el alquiler, resolver problemas reales, lidiar con mi jefe o con mi ex o conformar a mi pareja, criar hijos…». Y es cierto: tienes que pagar el alquiler y resolver problemas.

No se trata de desechar la razón, sino de quitarle el volante. Se trata de usar la mente como lo que es: un excelente sirviente, pero un pésimo amo. Se trata de integrar, de lograr esa unión del corazón y la mente que me gusta llamar sentipensar, o Lev —en hebreo (לֵב)¿recuerdas?, el centro de todo tu ser, el lugar donde se originan las emociones, pero también donde se piensa, se razona y se toman decisiones—. El Sentipensar es esa capacidad de asumir que puedes ser una profesional brillante, un pensador agudo, una analista estupenda, y al mismo tiempo, ser un cuerpo que siente, que llora, que ríe, que se asombra. Que puedes caminar por la ciudad y, al mismo tiempo, sentir las raíces de los árboles bajo el asfalto.

Al final, lo que buscamos cuando decimos que queremos «conectar» no es hacerlo con más gente en redes sociales ni con más información. Conectar es volver a casa, volver a habitar tu propio cuerpo. Es recuperar la sensación de ser parte de este mundo, y no un turista de paso que solo está aquí para consumir el paisaje. Y cuando logras eso, aunque sea por un instante, aunque sea solo por una noche en silencio, el miedo se disipa. Porque el miedo vive en el futuro. Y el cuerpo… el cuerpo siempre está en el presente.

Así que la próxima vez que sientas que la vida es un problema inmenso que no puedes resolver, detente. No busques la respuesta en tu cabeza. Baja: siente los pies en el suelo, el aire en el pecho. Escucha lo que sientes. Porque, como decía Kierkegaard, la vida no es un problema a resolver, sino un misterio a experimentar. Y tú no estás aquí para resolverla; estás aquí para vivirla.

Y cuando por fin lo entiendas, cuando dejes de luchar contra la corriente y te dejes llevar, sonreirás. Sonreirás porque te darás cuenta de que la sabiduría que buscabas en libros, viajes o terapias siempre estuvo ahí: en tu piel, en tu respiración, en tu sangre.

Y en ese instante de claridad, de paz absoluta, podrás despedirte de tu ansiedad, de tu necesidad de control, de tu inmanejable tendencia a racionalizar, de tu capacidad de reprimir en lo más profundo lo que hace estallar tu corazón. Te despedirás de todo eso, pero no con un adiós definitivo, sería genial, pero esto no es magia, es proceso con lo que es justo decir que en la naturaleza, nada se va para siempre: todo se transforma, todo vuelve, lo ideal es que vuelva transformado.

Es una despedida similar a una promesa, con la certeza de que, en cada respiración consciente, en cada momento en que eliges sentir y luego si; pensar, te reencuentras con tu mismidad.

Hay una palabra ancestral que encierra esta verdad, un concepto que no sirve para cerrar puertas, sino para dejarlas entreabiertas. Me gusta cómo suena, porque me lleva hasta allí de nuevo, a un poblado donde los abrazos siempre están listos, donde entre hojas de coca sobre awayo, escuche su sonido por primera vez. Su sonido me llena de… una dulce esperanza, que aún no puedo explicar: pero recordar y decir esa palabra tiene una potencia que me encantaría poner en común entre tu y yo: Tupananchiskama.

En la cosmovisión andina, el tiempo no es una línea recta que corre hacia el infinito ni un camino de un solo sentido donde cada despedida es una pérdida irreversible. El tiempo es un ciclo, una espiral. Por eso, Tupananchiskama no es un simple «hasta luego». Es una promesa cósmica que significa: «Hasta que nos volvamos a encontrar».

Es la certeza de que la separación es solo una ilusión de la mente racional. Que las personas que amaste, las versiones de ti que dejaste atrás, la naturaleza que crees haber perdido… no se han ido. Solo han cambiado de forma. El universo no conoce los finales absolutos, solo las pausas, los intervalos entre un encuentro y otro.

Así que, cuando sueltes el control, cuando dejes de ahogar lo que sientes, sobre todo, cuando dejes de ahogar en el fondo de un témpano de hielo eso que sientes y simplemente lo sientas, aceptarás que la vida no se trata de aferrarse, sino de confiar en el reencuentro. Con la Tierra, con tus ancestros, con tu propia esencia, con la Fuente, con eso que le gusta tanto a tu Lev, tanto que parece estallar. Tupananchiskama es la certeza de que, en cada respiración, en cada momento en que eliges sentir y comunicar lo que sientes en lugar de pensar, calcular o guardar, estás volviendo a casa.

Y te despides de este instante con la certeza de que no es un final. Tupananchiskama: hasta que nos volvamos a encontrar.

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