Estatuas ciegas, cuerpos inmóviles: Cuando el arte es acción política

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La estatua de Banksy apareció de noche en Waterloo Place, entre los monumentos del imperio británico.

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Estatuas ciegas, cuerpos inmóviles: Cuando el arte es acción política

Banksy erige un hombre con la bandera tapándole la cara en Londres. Un hincha congoleño se queda quieto en un estadio para honrar a Lumumba. Dos monumentos, una misma pregunta: ¿de qué nos libramos y a qué nos atamos cuando creemos ser libres? El arte callejero más famoso del mundo y un aficionado al fútbol africano me proponen pensar que la idea de «la libertad» puede convertirse en la prisión más eficaz.

Yo estaba pensando en Borges la mañana que vi la foto de la estatua de Banksy. No en el Borges de los laberintos y los espejos, sino en ese otro Borges, el de «El Sur», que escribe: «La realidad es inagotable y cualquiera es su reflejo». Me quedé mirando la imagen de ese hombre de traje avanzando con la bandera cubriéndole el rostro, instalado en Waterloo Place como si siempre hubiera estado allí, y pensé: esto es exactamente lo que Borges quería decir.

La realidad se nos presenta en formato de discurso, de diatriba pasional, de retórica avasallante que se nutre de insultos y descalificaciones, pero vestida de libertad y disfrazada de democracia; porque en el fondo la desprecia, queriendo transformar la ideología en patria. Pero es solo un reflejo deformado que nos impide ver hacia dónde caminamos.

Banksy, ese fantasma de Bristol que se niega a tener cara (o que quizás tiene demasiadas), confirmó la autoría con un video que es pura ironía británica. La cámara recorre las estatuas consagradas del establishment —Churchill, Eduardo VII, los caídos en Crimea— como quien hace un inventario de los muertos ilustres del imperio, y luego se detiene en su propia intervención: un político de bronce avanzando hacia el vacío, cegado por el mismo símbolo que dice defender. James Peak, del podcast The Banksy Story, lo llamó «una reflexión brillante sobre los hombres en el poder». Yo prefiero llamarlo la escultura de nuestra época.

La instalación nocturna funcionó como metáfora: las dictaduras modernas también se instalan en silencio, con la eficiencia de una grúa.

Lo que me inquieta no es la estatua en sí, sino cómo llegó hasta allí. Las grúas entraron de noche a Waterloo Place, trabajaron en silencio, sin que la policía interviniera, sin que ningún vecino se quejara por el ruido. Cuando amaneció, la figura ya estaba allí, instalada entre los monumentos del poder como si siempre hubiera formado parte del paisaje. Me recuerda a Galeano, ese uruguayo que escribía como quien cuenta un secreto al oído, cuando dice en Las venas abiertas de América Latina que «la historia es un profeta con la mirada puesta en el pasado». Banksy instaló su crítica de madrugada, en silencio, como se instalan las dictaduras modernas: sin estruendo, con la eficiencia burocrática de una grúa, y cuando levantamos la vista ya están firmemente asentadas sobre el pedestal.

«La bandera no tiene identidad, ni país, ni lealtad, solo una forma, lo que hace que la figura sea universal… y, sin embargo, inconfundiblemente dirigida.»

Las autoridades reaccionaron rápido, por supuesto. Colocaron vallas metálicas alrededor de la escultura. El sistema, una vez más, intentó acotar el mensaje disidente encerrándolo detrás de un cerco. Pero el mensaje ya estaba dado, y la imagen del hombre ciego avanzando hacia el vacío había empezado a circular por el mundo.

Aquí entra la segunda pieza que mi cabeza conectó con la primera. Así funciono: busco regularidades, me supera y no lo manejo. Hay algo que me dice que esto se conecta con aquello otro, y eso me produce un estado de inquietud mental que no para hasta que por fin encuentro el punto de articulación. La segunda pieza llega a mí por imperio del Mundial de Fútbol que por estos días se disputa en México, EEUU y Canadá. La encontré por casualidad, buscando distraerme, y hallé algo que solo aumentó mi actividad mental.

Michel Kuka Mboladinga, un hincha congoleño del Manchester United al que llaman Lumumba Vea, hace algo que parece sacado de un cuento de realismo mágico, uno de esos relatos geniales de Alejo Carpentier: en medio del estruendo de un estadio de fútbol, entre miles de personas gritando y saltando, él se queda completamente inmóvil. Se convierte en estatua viviente. Como yo no entendía nada, pensé en una estatua, en un muñeco o en algún tipo de festejo de esos tan creativos que aparecen en las tribunas del evento mundialista. Pero no se trata de eso: es un ser humano de carne y huesos que se queda quieto, es un homenaje a Patrice Lumumba, el líder independentista del Congo asesinado en 1961 con la complicidad de las potencias occidentales —historia que me encantaría compartir contigo en algún momento, ¿será aquí? Ya encontraremos la manera—. Mientras Banksy satiriza a los opresores que caminan ciegos hacia el abismo, Lumumba Vea encarna con su propio cuerpo la memoria del oprimido que intentaron borrar de la historia, incluso sumergiendo en ácido sus restos mortales.

Un hincha congoleño se queda inmóvil en medio del caos del estadio, encarnando la memoria de un mártir anticolonial. Foto: Unsplash

Me detengo aquí porque creo que hay algo fundamental que estamos pasando por alto. Vivimos en la era de la «libertad» absoluta, del «sálvese quien pueda», del individuo como variable de mercado. Nos venden la democracia como el sistema que nos permite elegir, pero ¿elegir qué? ¿Entre qué opciones? Las estatuas de Waterloo Place —las de Churchill, las de Eduardo VII, y ahora la de Banksy— son monumentos a decisiones que otros tomaron por nosotros. Son la materialización de una libertad que nos fue concedida, no conquistada. Y Lumumba Vea, al quedarse quieto en medio del caos, nos está diciendo algo muy simple y muy brutal: a veces, la única forma de resistir es negarse a moverse.

«No, no me gusta. Ya hay una estatua bonita allá arriba, prefiero esa.»

Esa frase de arriba pertenece a un transeúnte, recogida en el propio video de Banksy, y es quizás la capa más profunda de toda la intervención. Mientras los analistas celebran la agudeza política de la pieza, una parte de la ciudadanía simplemente prefiere la estatua bonita de siempre, la que ya estaba, la que no incomoda. Es la desconexión perfecta entre el mensaje crítico y la percepción superficial de una sociedad cansada o distraída. Banksy, que apenas dos meses antes había sido señalado por Reuters como Robin Gunningham, un hombre de Bristol cuya identidad llevaba años investigándose, respondió al intento de despojarlo de su anonimato erigiendo la figura definitiva del rostro cubierto. Cuando el mundo quería saber quién era él, les devolvió la imagen de un poder cuyo rostro tapan sus «banderas».

Pero volvamos a Lumumba. Patrice Lumumba fue el primer ministro del Congo independiente, un hombre que creyó en la libertad real, no en la libertad de mercado que nos venden hoy. Fue asesinado con la complicidad de Bélgica, de la CIA, de las Naciones Unidas. Su cuerpo fue desmembrado, disuelto en ácido sulfúrico, borrado de la faz de la tierra. Y, sin embargo, aquí está Lumumba Vea, un tipo cualquiera de Kinshasa que se queda quieto en un estadio de fútbol para que no lo olvidemos. Es la respuesta perfecta a la pregunta que nos hace Banksy: si el poder avanza ciego hacia el vacío, la resistencia se queda inmóvil para que la memoria no caiga con él.

Los monumentos del imperio están allí para que olvidemos cómo se construyó ese imperio. Foto: Unsplash

Walter Benjamin escribió algo que me resultaba una verdadera contradicción, y por eso me incomodaba cada vez que lo recordaba. Es de esas frases que uno no hace esfuerzo por memorizar, pero… ahí se quedan: «Los monumentos no se erigen para recordar. Se erigen para olvidar lo que realmente pasó». Pienso en eso cuando veo las estatuas de Waterloo Place, pienso en eso cuando veo a Lumumba Vea quedándose quieto en medio del estruendo. Las estatuas del imperio están allí para que olvidemos cómo se construyó ese imperio, para que olvidemos las masacres, las colonizaciones, las explotaciones. Pero Lumumba Vea, al convertirse en estatua viviente, está haciendo exactamente lo contrario: está recordando, está diciendo «aquí pasó esto, aquí mataron a este hombre, aquí intentaron borrar una historia».

«Los monumentos no se erigen para recordar. Se erigen para olvidar lo que realmente pasó.»

Y aquí es a donde quiero llegar con esta crónica (gracias por dar todo este rodeo conmigo, aunque seguro ha valido la pena el camino, ¿no?): a esta reflexión que empezó con una estatua de Banksy y terminó con un hincha de fútbol africano. Vivimos en la era de la «libertad» entendida como la capacidad de elegir entre marcas de yogur, entre candidatos que, en el fondo y en la superficie, representan lo mismo, entre formas distintas de ser explotados. Nos venden una «libertad» o, peor aún, nos quieren regalar una «libertad» como la del sistema que nos permite ser libres, pero es una libertad que nos ata más de lo que nos libera. Es la libertad de vender nuestra fuerza de trabajo al mejor postor, la libertad de consumir hasta el agotamiento del planeta, la libertad de creer que somos individuos únicos que no necesitan de un «otro», cuando en realidad somos variables intercambiables en una ecuación de mercado.

Banksy lo sabe. Por eso erige un hombre con la bandera tapándole la cara: porque el nacionalismo, el patriotismo ciego, es la forma más eficaz de vendernos esa falsa libertad. Nos dicen «eres libre porque tienes una bandera», «eres libre porque puedes votar cada cuatro años», «eres libre porque puedes elegir entre diez marcas de teléfono». Pero es una libertad que nos tapa los ojos, que nos impide ver hacia dónde caminamos, que nos convierte en estatuas que avanzan hacia el vacío sin darnos cuenta.

Lumumba Vea también lo sabe. Por eso se queda quieto. Porque a veces, la única forma de ser libre es negarse a participar en el juego. Es negarse a avanzar hacia ese vacío. Es quedarse inmóvil mientras todos corren, mientras todos consumen, mientras todos creen que son libres porque pueden elegir entre distintas formas de opresión.

Dos formas de habitar los monumentos: avanzar ciego hacia el vacío o quedarse quieto para recordar. Foto: Unsplash

«¿Qué monumentos estás eligiendo habitar?»

Yo no tengo la respuesta, por supuesto. Nadie la tiene. Pero sí tengo esta pregunta, esta incomodidad que me dejó ver estas dos imágenes: la estatua de Banksy avanzando ciega hacia el vacío, y Lumumba Vea quedándose quieto en medio del estruendo. Dos formas de habitar los monumentos de nuestro tiempo. Dos formas de resistir. Dos formas de decir «aquí estoy, esto soy, esto elijo».

La próxima vez que camines por una plaza llena de estatuas, la próxima vez que veas una bandera ondeando, la próxima vez que te digan que eres libre porque puedes elegir, piensa en esto: ¿estás avanzando ciego hacia el vacío o te estás quedando quieto para recordar? ¿Estás habitando los monumentos del poder o estás construyendo los tuyos? Porque al final, como diría Galeano, «la utopía está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos. Camino diez pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. Por mucho que yo camine, nunca la alcanzaré. ¿Para qué sirve la utopía? Para eso sirve: para caminar».

La pregunta es: ¿hacia dónde estás caminando? ¿Y estás seguro de que ves hacia dónde vas?

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